La democracia latinoamericana: entre el pesimismo y la realidad
Por Leonardo Vivas en Substack
Hoy no me voy a ocupar de Venezuela, que es comprensiblemente mi obsesión. Voy a dirigir la mirada hacia el entorno latinoamericano. Los latinoamericanos solemos ver a la región que consideramos nuestra con ojos catastrofistas. Sobran razones para ello. Basta mencionar dos: el crecimiento de la delincuencia organizada, ahora internacionalizada y especialmente vinculada al narcotráfico, y la inestabilidad política.
Comparto el pesimismo con relación al primer problema. Es evidente que las soluciones nacionales a la expansión de la delincuencia organizada resultan insuficientes porque esta opera de manera transnacional desde hace ya bastante tiempo. De manera que será necesario articular respuestas concertadas entre los países de la región, o al menos entre subregiones, para enfrentar este flagelo. Lamentablemente, organizaciones como la OEA se han mostrado rezagadas frente a la magnitud y velocidad de este desafío.
Respecto a lo segundo, sin embargo, soy mucho menos pesimista y, si se me permite, más bien optimista. Quienes nacimos y crecimos en el siglo XX conservamos todavía el recuerdo de una época marcada por dictaduras de muy distinto signo: regímenes personalistas como los de Somoza o Trujillo; juntas militares “institucionales”, integradas por una o varias fuerzas armadas; e incluso experiencias autoritarias de izquierda, como la de Velasco Alvarado en Perú o la breve presidencia de Juan José Torres en Bolivia. Y eso sin mencionar los antecedentes de la etapa previa a la Guerra Fría.
Pero desde mediados de los años ochenta el panorama cambió de manera sustancial. Si alguna región del mundo expresó con claridad la célebre —y hoy casi olvidada— tercera ola democratizadora descrita por el politólogo Samuel P. Huntington, fue América Latina. No entraré en detalles históricos porque quien tenga interés puede encontrarlos fácilmente en la abundante literatura especializada. Lo importante es destacar que, dejando de lado los tres casos más evidentes de autoritarismo contemporáneo —la longeva Cuba, Nicaragua y Venezuela—, el resto de los países de la región ha navegado, con mayores o menores dificultades, las aguas siempre turbulentas de la democracia.
Que esas aguas no son fáciles de transitar resulta evidente. Pero existe un elemento que permite cierto optimismo. Según buena parte de la literatura sobre democratización, los regímenes democráticos tienden a consolidarse cuando se produce alternancia en el poder. Esa capacidad de permitir que distintos sectores políticos gobiernen sucesivamente ha sido uno de los pilares de las democracias más estables de Europa y Norteamérica. También fue uno de los rasgos distintivos de los cuarenta años de democracia venezolana entre 1958 y finales del siglo XX, antes de que otros factores precipitaran su colapso.
Hasta hace poco, Colombia había experimentado una alternancia limitada debido al legado del Frente Nacional, el acuerdo entre liberales y conservadores que monopolizó el acceso al poder durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX. La elección de Petro permitió por primera vez el acceso de la izquierda a la presidencia. Está por verse si esa tendencia se consolida, pero eso lo decidirán los electores.
En Argentina, el predominio histórico del peronismo redujo durante décadas las posibilidades de una alternancia más robusta. La llegada de Milei ha alterado significativamente ese panorama. Independientemente de los juicios que merezca su estilo o su programa político, su triunfo ha debilitado al peronismo como no ocurría desde hace mucho tiempo. Si esta fuerza logra reconfigurarse y adaptarse al nuevo contexto político, podría consolidarse un escenario de competencia más equilibrada.
En Perú la alternancia presenta características distintas. El fujimorismo continúa representando a una porción importante del electorado, pero no ha logrado conquistar nuevamente la presidencia. Volveré más adelante sobre este caso porque merece una reflexión particular.
También México experimentó una alternancia significativa con la llegada de Morena al poder. Lo que todavía no se vislumbra con claridad es una reorganización de las fuerzas opositoras tradicionales —el PRI y el PAN— capaz de constituir una alternativa política igualmente competitiva.
Bolivia, por su parte, atraviesa un momento delicado. Las tensiones en torno al liderazgo de Evo Morales y la persistencia de fuertes movilizaciones políticas podrían dificultar una transición más fluida entre proyectos de poder. Guatemala ofrece un ejemplo distinto, pero igualmente relevante: allí se ha comenzado a erosionar el bloque político que durante años dominó las instituciones estatales y utilizó organismos fundamentales, como la fiscalía, para obstaculizar procesos de renovación democrática.
Como observará el lector, todas estas disputas tienen lugar principalmente dentro de marcos democráticos, con las excepciones ya mencionadas. Y es precisamente ahí donde conviene preguntarse cuáles son hoy los riesgos más importantes para la democracia latinoamericana.
Si estuviéramos todavía en el siglo XX, probablemente señalaríamos a la economía como la principal fuente de inestabilidad. Sin embargo, aunque con avances desiguales y numerosos tropiezos, la mayoría de los países de la región abandonó hace tiempo el modelo de proteccionismo extremo y avanzó hacia economías más abiertas e integradas al mundo. América Latina dista de ser un ejemplo sobresaliente de prosperidad, pero tampoco es el escenario de crisis estructural permanente que caracterizó buena parte de la narrativa regional durante el siglo pasado.
Por ello, los principales desafíos actuales parecen estar más relacionados con el diseño y el funcionamiento de las instituciones políticas. Diversos factores conspiran contra la estabilidad de los gobiernos y afectan componentes esenciales de la democracia, como la independencia judicial, la calidad de las políticas públicas o la provisión de bienes públicos fundamentales.
Entre esos factores destacan la fragmentación de los sistemas de partidos, la volatilidad electoral, la polarización política, los quiebres de coaliciones gubernamentales y, en los casos más extremos, la impugnación o destitución recurrente de presidentes.
La fragmentación se refiere al número y grado de dispersión de los partidos que participan en la competencia política. Cuanto mayor es el número de actores relevantes y más disperso el voto, más difícil resulta construir mayorías estables. La volatilidad alude a la capacidad de los partidos para mantenerse en el tiempo o, por el contrario, desaparecer y ser reemplazados por nuevas organizaciones. La polarización, probablemente el rasgo más visible de la política contemporánea, refleja el creciente distanciamiento entre proyectos políticos rivales. Los quiebres de coaliciones implican la ruptura de acuerdos que sostienen a los gobiernos. Finalmente, la impugnación presidencial constituye una manifestación extrema de inestabilidad institucional.
Perú sobresale negativamente en varios de estos indicadores: fragmentación, volatilidad, quiebre de coaliciones e impugnación presidencial. Y sin embargo, pese a ello, continúa dentro de la senda democrática. Chile, afectado por procesos importantes de fragmentación y volatilidad, ha conseguido recuperar cierto equilibrio institucional y recientemente experimentó una nueva alternancia en el poder. Colombia ha enfrentado elevados niveles de polarización y una creciente fragmentación partidista, pero no hasta el punto de impedir la competencia democrática. Argentina, a pesar de sus recurrentes crisis económicas y políticas, ha preservado importantes logros institucionales, especialmente en materia de justicia y derechos humanos.
Quizás allí radique la principal razón para un optimismo prudente. América Latina enfrenta desafíos significativos. Algunos, como la expansión del crimen organizado, parecen incluso más graves que los del pasado. Sin embargo, cuando observamos el panorama regional en perspectiva histórica, resulta difícil sostener que la democracia se encuentra en retirada generalizada. Por el contrario, pese a sus imperfecciones, sus tensiones y sus crisis recurrentes, la democracia sigue siendo el terreno en el que la inmensa mayoría de los conflictos políticos latinoamericanos se dirimen.
No es poco. De hecho, para quienes recuerdan la región de hace cuarenta o cincuenta años, es un logro extraordinario.
