Auctoritas vs Autócratas
La crisis de la representación parlamentaria
«Sin democracia no hay Parlamento, y sin un verdadero Parlamento, tampoco puede haber democracia» es una de mis frases favoritas de Ramón Guillermo Aveledo y resume perfectamente lo que pensé al ver la última encuesta de Latinobarómetro.
En la medida que los parlamentos se van debilitando, las instituciones se van debilitando y el resultado son democracias inestables. Según los datos de Latinobarómetro 2026, el 76% de los latinoamericanos no se siente representado por su parlamento, seis puntos más que en 2015.
¿La culpa es de la institución? Resulta importante precisar el diagnóstico.
En la tradición romana el auctoritas se refería a la legitimidad moral, la credibilidad y el reconocimiento que una institución o liderazgo obtenía de la ciudadanía. Los parlamentos encarnan esa auctoritas cuando sirven como espacio de deliberación, representación y control del poder. Por ello, la crisis actual no es realmente una crisis del Parlamento como institución, sino de quienes deberían dotarlo de legitimidad. Cuando los partidos se alejan de los ciudadanos, los liderazgos se personalizan y la política se reduce a la confrontación o al cálculo electoral, el Parlamento pierde autoridad ante la sociedad.
El resultado es un terreno fértil para los autócratas, que prometen soluciones rápidas a costa de debilitar los contrapesos democráticos, profundizando así la crisis de representación que dicen combatir.
La institución vs la representación
Si ahondamos en los resultados de Latinobarómetro, la media en la región es que el 22% de los ciudadanos se sienten representados por su congreso. El máximo es El Salvador con 35%, y el mínimo, es Perú con 9%. Venezuela por su parte, solo se siente representada en un 16% por la Asamblea Nacional. Sin embargo, 6 de cada 10 latinoamericanos cree que sin Congreso no puede haber democracia.
La brecha entre la representación y la necesidad de la institución lo podemos medir con la confianza. Solo el 25% de los latinoamericanos confía en el Congreso, y la institución peor evaluada son los partidos políticos con apenas el 16%.

Los parlamentos se organizan en torno a los partidos políticos. Aunque en las elecciones parlamentarias usted ve el nombre del candidato, la realidad es que para poder introducir alguna propuesta para la discusión, se necesita contar con el apoyo de la bancada, o al menos, con un grupo importante de parlamentarios.
Aquí comienza la crisis, la falta de causas reconocibles. Más allá de las agendas minoritarias, los partidos políticos han perdido la identidad partidista, es decir, aquello que lo distinguía de los demás y que su votante podía nombrar. Lo que antes podía verse como un mapa de derechos exigibles por partidos, hoy quedó en un solo eje izquierda o derecha, que ordena casi toda la conversación pública.
El Latinobarómetro lo registra en el voto. Según el informe, quienes eligieron a Kast en Chile, a De la Espriella en Colombia o a Keiko Fujimori en Perú no estaban eligiendo una ideología, sino un gobierno que cumpla. El voto por descarte está tomando las sociedades latinoamericanas y eso, a la larga produce volatilidad en el sistema democrático. Por ejemplo, en Guatemala, los encuestados mencionaron la existencia de 9 partidos en 2020, 18 en 2023, 6 en 2024 y 13 en 2026.
Edmund Burke quién fue uno de los políticos y filósofos más importantes de Gran Bretaña, en su discurso celebre para los electores de Bristol decía que el parlamento no podía ser «un congreso de embajadores de intereses distintos y hostiles», sino «una asamblea deliberativa de una sola nación». Los congresos latinoamericanos del Siglo XXI dónde los partidos cambian en cada elección, se parece más a lo primero que a lo segundo.
La dicotomía ente la izquierda y la derecha oscurece la división que realmente debe importar entre los partidos políticos: quienes defienden derechos y quienes no, me atrevo a ir más allá, la verdadera división entre los partidos debe ser la priorización de los derechos que defienden, porque al final del día, un partido que no crea en los derechos, no puede ser parte de un ecosistema democrático.
Presidentes fuertes, mano dura y outsiders
Cuando la confianza en el sistema tradicional se vacía, surgen otros actores a ocupar el espacio, y casi todos lo hacen a costa del parlamento.
Presidencias más fuertes. El crecimiento del Poder Ejecutivo en los sistemas presidenciales del mundo es una tendencia creciente a partir de finales de los 80. Después del boom constitucional de Latinoamérica, la mayoría de las presidencias se fueron tornando más fuertes quitando competencias naturales del parlamento.
Hoy, la democracia presidencial más antigua del mundo (Estados Unidos) ha sido considerada por Steven Levitsky y Lucan Way como un autoritarismo competitivo, es decir, un régimen donde hay elecciones, pero el gobernante abusa del poder para inclinar la cancha con un ejecutivo que margina al Congreso.
La mano dura. Seis de cada 10 latinoamericanos cree que un poco de mano dura no le viene mal a su país, es decir, se sobrepone la eficacia del ejecutivo sobre la deliberación. El mejor ejemplo es El Salvador. El Salvador tiene el congreso con más confianza de la región (47%) y en el que más ciudadanos sienten representados. Pero el Congreso de El Salvador está controlado por el mismo partido político que debería controlar y vigilar, sobre todo, en un país que el propio informe no clasifica como democracia.
Los outsiders. La crisis de los partidos ha generado liderazgos fuera del sistema tradicional, en los que no todos han salido mal, pero representan un punto importante para la crisis de los parlamentos. La persona se come al partido, y el parlamento pierde a su interlocutor natural.
Incluso, el problema en sí mismo no es el outsider como figura, sino su relación con el sistema de partidos. La diferencia está entre aquellos que respetan los interlocutores naturales del parlamento (los partidos políticos) y aquellos que desmiembran el sistema de partidos creando un sistema más personalista.
No es un problema latinoamericano
Siempre que leemos este tipo de cifras, lo vemos como si fuera otra prueba de la fragilidad político-institucional de la región. La realidad, es que los datos son similares en la mayoría de las democracias occidentales.
En Estados Unidos, solo el 9% tiene mucha o bastante confianza en el Congreso, según Gallup en junio de 2026, y la aprobación del Congreso cayó en abril a 10% (Gallup). En Europa, el 37% tiende a confiar en su parlamento nacional (Eurobarómetro, primavera de 2025), la misma cifra que el promedio de la OCDE. Lo que estamos viendo, es que a nivel mundial, ni siquiera las democracias consolidadas logran que la mayoría confíe en su legislativo.
El problema de representación se ve reflejado incluso en la dinámica parlamentaria. En España, uno de los problemas es que los debates del Congreso se diseñan para los titulares o las redes sociales, no para resolver los problemas reales. Se ve mucho del “teatro parlamentario” pero con bases alejadas a la resolución de problemas. Para algunos, es un parlamento que habla mucho y delibera poco.
El parlamento debe ser pensado como una arena donde cada sector pueda mostrarse a plena luz, exigir discusión y controlar sobre los asuntos públicos, lo que Mill describía como el «Congreso de Opiniones» de la nación.
La falta de liderazgo
La causa de fondo es la falta de un liderazgo virtuoso, capaz de generar debates reales y de calidad. El Latinobarómetro llega a la misma conclusión: la demanda de democracia sigue ahí, pero por sí sola no alcanza; se necesitan líderes capaces de llevarla a cabo.
Walter Bagehot atribuía a la Cámara de los Comunes la función de expresar el sentir del pueblo sobre todos los asuntos que llegan a ella. Esa es la función que pareciera haberse roto. El parlamento todavía legisla, todavía vota presupuestos, todavía existe, pero lo que ya no hace, para tres de cada cuatro ciudadanos, es hablar por ellos.
Recuperar la representación exige cambios en las reglas y en las personas:
- Partidos con identidad. Democracia interna y umbrales razonables, para que los partidos vuelvan a ser organizaciones con causas y no vehículos de candidaturas.
- Fidelidad al mandato. Reglas que protejan el voto del ciudadano de los múltiples cambios de partido.
- Una oposición con derechos institucionales. Sin oposición organizada, el parlamento no controla a nadie.
- Control visible. Comisiones investigadoras efectivas, votaciones públicas y datos abiertos.
- Una línea común. Que izquierdas y derechas acuerden lo básico: la libertad y la democracia no se negocian según quién gobierne, y el parlamento es el espacio para exigirlas.
Es hora de reparar el espejo
En 1690 John Locke escribió que el parlamento es un poder que existe por la confianza que el pueblo deposita en él, y que esa confianza puede retirarse. Más de 300 años después, solo el 25% de los latinoamericanos confía en sus congresos.
El vínculo está al límite, pero aun los ciudadanos no lo han roto. Ese 65% sigue creyendo que la democracia es la mejor forma de gobierno, o como dijo Churchill “la peor, excepto todas las demás que se han probado”, y la mayoría sigue pensando que sin Parlamento no hay Democracia.
Los números reflejan una oportunidad: reparar el espejo. Es decir, volver a pensar en el parlamento como una institución donde los ciudadanos se sientan reflejados. No solamente donde se construyan las leyes, sino donde se escuchen las demandas, se pongan límites al gobierno y se aprueben presupuestos que resuelvan los problemas de los ciudadanos en vez de nutrir Estados ineficientes, gigantes y superpoderosos.
Si queremos proteger la democracia, debemos recuperar el Auctoritas para protegernos de los Autócratas.
